BOREAS – VIENTO DE LEVANTE 4/4

Manuela, intento extraer tu nombre de mi cabeza, pero se empeña en estar enquistado en una zona del cerebro, a la que parece que aparentemente no puedo acceder. O al menos, carezco de los códigos de acceso, que me permitan relegarlo dentro de la carpeta en la que duermen los deseos cumplidos a medias. Y cuando los deseos se cumplen a medias, siguen activos. Cada vez que un nuevo ciclo del cerebro coincide en su camino, horadan el cortex, ligera pero insistentemente. Como la tortura gota a gota del perverso Fumanchú, como la aguja de un tocadiscos incidiendo sobre el vinilo.

Yo no sé si tantos desencuentros acumulados, tanta espera dilatando y magnificando las esperanzas, fueron una losa excesivamente pesada, que desde el principio, asfixió nuestro tiempo. Pero aún llevando a cuestas esa laja, aspiré cada segundo que pasamos juntos, hasta que a veces parecía que me reventaban los pulmones. Tengo entendido que puedes emborracharte de oxígeno. Pues algo parecido me debió pasar.

En el momento en que respondí a María con tu nombre, los acontecimientos se desbocaron.

Gracias a ella, conseguimos de pleno derecho nuestra primera cita. Sin regalos del azar, sin tantos requiebros del destino. Cuando te vi me quedé sin habla. Literalmente sin habla. No sabía que decir. No me salía palabra. Había imaginado tantas veces la conclusión de nuestros desencuentros, había hilvanado tantas conversaciones imaginarias, tantas coincidencias en nuestros gustos, en nuestras risas, tanta comunión de nuestras almas, que me quedé seco. Seco como la mojama que comía en el Cádiz de nuestro inicial encuentro, pero sin almendras ni manzanilla. Más bien de palo cortado. Menos mal que tu pusiste el aderezo. Supiste llevar la conversación por caminos que me fueron dando confianza, que me fueron serenando, que acabaron haciendo de esa tarde, de esa posterior noche, algo difícil de explicar.

Igual que son difíciles, por no decir imposibles de explicar las pasiones adolescentes. Porque en eso me daba la impresión de estar inmerso. Pero bueno, eso ocurrió unos pocos días después, no adelantemos acontecimientos.

Esa tarde-noche surgió la chispa, como vulgarmente se dice. Pero fuimos cautos. Nos despedimos con un beso. Bueno, con varios, y no justamente castos. Habíamos acumulado unas enormes ganas de besarnos, de abrazarnos, de comernos el uno al otro, pero nos contuvimos. Con ese colofón de besos lo dejamos sentado todo para la siguiente cita.

Durante esos pocos días de espera, imaginaba el tacto de tu piel bajo las yemas de mis dedos. Recorría cada uno de tus valles, de tus angosturas, de tus altibajos, de los escondidos misterios que tu aún desconocido cuerpo me ofrecía. Alimentaba mis vigilias, plenas de deseos, de apetitos mitigados por caricias de las que en tu ausencia, te hacía complice. Eras la promesa que guiaba las manos que aplacaban mi cuerpo.

Cuando volvimos a vernos unos días después, me dio la impresión de que no era un comienzo, sino la continuación de las noches que te había fabulado entre mis brazos.

Ese tiempo que pasó desde nuestro primer encuentro en Cádiz, y que se me antojaba perdido, se mitigó por la intensidad con la que nos aplicamos a recuperarlo.

Estábamos juntos. Parecía el guión de una película romántica. A veces lo pensaba, y me daba miedo seguir escribiendo líneas, por no estropear lo bien que estaba quedando.

Las conversaciones fluían con naturalidad, tocando mil y un temas, explorando nuestras mentes, nuestras entrañas, nuestros anhelos, nuestros miedos, nuestras fantasías, nuestras pasiones, muchas de ellas coincidentes.

Los planes se me antojaban perfectos. Contigo cualquier cosa que hacíamos, adquiría un significado que trascendía la aparente simpleza del momento. Había días, en los que no acababa de entender donde nos habíamos escondido el uno al otro durante tantos años.

Disfrutamos intensamente cada uno de nuestros encuentros, y no solo al dar rienda suelta a esa pasión acumulada, a ese deseo de conocerse. Nuestra conversaciones, nuestros gustos, nuestras pequeñas escapadas, nuestros silencios, se me antojaron perfectos. Quizás ahí residió parte del problema, que eran demasiado perfectos.

No sé si mi imaginación, y puede ser que la tuya, desbordara las expectativas. No sé si la persona con la que estuve todo este tiempo, eras tu, o era el producto que mi cabeza había construído durante todos esos meses soñándote. No sé si además nos esforzábamos, de forma inconsciente, en construir un mundo de quimera sobre unos cimientos que falsamente creíamos asentados.

Era tanta la pasión, tanto el hambre que habíamos acumulado el uno del otro, que nos deslizábamos por encima de cualquier aspereza, de cualquier reflejo de realidad que pudiera colarse entre la neblina que nos envolvía. Y seguíamos flotando. Como el drogadicto que consume un chute tras otro sin discontinuidad, sin periodos de abstinencia, sin choques con la realidad. Porque aunque nuestros encuentros se espaciaran, durante los interludios, tu droga seguía haciendo su efecto y hasta puede que lo acrecentara. Tu ausencia tiranizaba los intervalos. El afán por volverte a mi devoraba el tiempo, lo esclavizaba, hasta el punto que entre cada sorbo de ti, desaparecía. 

Las tempestades no nos tocaban. Al menos aparentemente. Pasaban a nuestro lado rugiendo, lanzando rayos, escupiendo espuma, restos del fondo del mar, alterando el perfil de la costa sin rozarnos. Nos amábamos oyendo como el viento batía los postigos de las contraventanas, como el torrente de lluvia amagaba con reventar los cristales, con abatir tejados, puertas y paredes del frágil refugio que habíamos levantado en torno nuestro.

Pero llego un día en el que, durante un momento de relajo, fuimos conscientes de que una tenue corriente de aire se colaba por los intersticios de las ventanas. Notamos que pequeñas gotas de agua salpicaban la colcha sobre la que nos cobijábamos. No le dimos importancia. Pero como cada vez las pequeñas treguas de nuestra pasión eran más frecuentes, y a su vez cada una de ellas más largas, volvíamos a recabar en las goteras, en las corrientes que invadían nuestro peculiar orbe. No hablábamos de ello, no nos lo planteábamos, pero sabíamos que ambos éramos conscientes de que muy pronto harían falta reformas. O apuntalábamos el edificio o lo abandonábamos, o se nos venía encima.

Aparentemente era un proceso muy simple; analizar los fallos que las inclemencias de nuestro entorno estaban causando en nuestro común propósito y ponerse manos a la obra para remediarlas. Pero no lo hicimos. Seguimos devorando nuestros días. Oíamos, veíamos, olíamos, pero no queríamos escuchar, no queríamos ver, nos negábamos a olfatear. Como los monos sabios de las figuritas, pero sin una pizca de sabiduría ¿O si? Es posible que intuyéramos que estamos recorriendo el único camino que podíamos transitar. Un camino sin salida, sin intersecciones, sin desvíos, sin vuelta atrás. Escogimos agotarnos envueltos en nuestra aparentemente irreflexiva dicha. Nos aplicamos más intensamente en disfrutar de un bocado que, sabíamos que tenía una ineludible fecha de caducidad.

Y no esperamos a que todo se derrumbara. Un día tomamos la determinación de levantarnos, de desentendernos de la obra que habíamos edificado, de abandonarla. Cada uno por su lado, cada uno en una dirección distinta. Mirándonos desde la distancia caminar el uno paralelo al otro, tomando veredas divergentes que, poco a poco, nos iban alejando.

Mientras nos separábamos, miré atrás y me di cuenta de que el refugio en el que nos habíamos guarecido durante todo ese tiempo había desaparecido, y que la tormenta que le rodeaba no existía. Ya no había nada que reparar, nada que apuntalar y el temporal que se había formado en nuestras cabezas, ni tan siquiera nos movía un solo cabello. Pero tu ya te habías difuminado. La distancia se había acrecentado tanto en un tiempo tan increíblemente corto, que solo eras una sombra en la lejanía. Levanté el brazo y me despedí. Me pareció ver que tu también lo levantabas. Tuve el impulso de correr hacía ese brazo alzado y, sin darte tiempo a recogerlo, estrechar tu cintura, cubrir tus grietas con besos, lavar tus heridas con lágrimas, acallar el estremecimiento de tu piel con caricias, pero dudé. No sabía como actuar. Ese camino recorrido, esa decisión que habíamos tomado, sembraron la semilla de la incertidumbre en cada uno de mis poros, hasta que brotó una miríada de diminutas flores, cuajadas de minúsculos pétalos de temor. Del temor de que nuestra renuncia a luchar, fuera algo más que una renuncia, fuera un rechazo.

Continué mi camino y seguí repitiendo tu nombre. A veces interrogándome sin comprender, otras interpelándome con rabia, otras inquisitivo, las más saboreando los momentos que pasamos fundidos en uno, y casi otras tantas sintiéndome huérfano de tu sombra.

Y la aguja del tocadiscos sigue pasando día a día por el mismo surco, a veces a 33 y otras a 45 revoluciones, inflexible, sin que pueda hacer nada para revertir el efecto que me produce en el cortex. Aunque hay días que me pregunto para que sirve el cortex, si Fumanchú existió fuera del celuloide, si alguien sigue utilizando discos de vinilo o películas de celuloide, si los deseos cumplidos a medias no son en parte el motor de nuestra existencia, y si en el fondo eres el recuerdo de una ilusión que tan solo existía, mientras la tormenta rugía tras las ventanas.

Pero Manuela, tu nombre sigue insertado en un lugar de mi cabeza que no acierto a encontrar.

01. 

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02.

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