Pieza a Pieza

Esto es un simple divertimento. Una forma de dar un sentido más allá de su auténtico sentido a un suceso cotidiano. Encontrar un trasfondo poético a un simple acto de carácter mercantil. Se me ocurrió viendo unos mensajes que habían mandado un grupo de personas a raíz de leer un anuncio aparecido en la red.
Lo único cierto y real de todo esto es la existencia del objeto alrededor del que desarrollo esta corta narración. El resto puede que exista; quien sabe, pero, desde luego yo no lo he conocido.

altar

Pieza a Pieza

Al fin se encontraba en su poder. Le había costado mucho tiempo y dinero conseguirlo. Las negociaciones habían sido largas y, al haberse hecho a través de intermediarios, se habían revestido de una enorme complejidad. Su agente comenzó con una cantidad de dinero, recibió una contraoferta; tras un pequeño tira y afloja llegaron finalmente a un acuerdo. Se ultimaron todos los detalles de la venta. Mantener a salvo su identidad como comprador era imprescindible. Todo el papeleo se tuvo que hacer por medio de una gestoría que ejerció su representación; el contrato de compra-venta y la firma de los diferentes impresos y permisos necesarios para la operación. Y en ningún momento podía aparecer su nombre en sitio alguno. Mantener el anonimato era fundamental.

Finalmente todo se había resuelto satisfactoriamente. En ese momento estaba delante de él, dentro de su propio garaje. Esa misma tarde lo trajeron en una grúa. No había ido personalmente a recogerlo. El hecho de que él fuera el comprador no debía saberse.
Hasta ese momento ni siquiera lo había tocado. Acerco su mano a la carrocería y dudo un momento. Lenta, suavemente posó su palma sobre la chapa. Era curioso el efecto del frío tacto del metal en contraposición con el cálido aspecto de su color rojo fuego. No era solamente el color. Al haber esperado tanto tiempo ese momento, al haberlo deseado tan ardientemente, le había dado la impresión de que al tocarlo por primera vez sentiría una descarga de calor subiendo por su brazo. Como una quemazón. La emoción, efectivamente se presentó, invadió todo su cuerpo, pero la palma de su mano, en contacto con la aleta del coche, seguía estando fría. Deslizó sus dedos hacía la portezuela y asió la maneta de apertura. ¿Cuantas veces durante los últimos años habría repetido ella ese mismo gesto que él estaba haciendo en ese momento?.
Cuando casualmente se enteró de que había puesto su coche a la venta, le invadió una extraña sensación. Era un pedazo de metal, plástico y cuero; un objeto inanimado, un  simple automóvil en suma. Pero dentro del habitáculo de ese automóvil, en ese reducido espacio, había transcurrido un pequeño trozo de su vida. Un trozo muy pequeño ciertamente, en el que, a buen seguro, no se habían desarrollado acontecimientos de excesiva importancia; pero al fin y al cabo un trozo de su vida. Y si cualquier cosa que viniera de ella, por nimia e insignificante que pudiera parecer, era crucial  para él, que no sería un fragmento de su vida.
Decidió que ese coche debía ser suyo. Posiblemente, más que suyo, decidió que ese coche no podía ya pertenecer a nadie más. Recurrió a un intermediario para poder efectuar la compra. Un simple agente de compra-venta de coches que pudiera salvaguardar su identidad. El anonimato era fundamental. Nunca se había atrevido a hablarle de aquello que sentía por ella. Nunca se había planteado mirarla a los ojos y confesarle el profundo amor que le profesaba desde hacía ya un tiempo que se le antojaba incalculable. Sus conversaciones eran muy esporádicas; casuales. En su grupo de amigos había muchos chicos que eran infinitamente más simpáticos, más ocurrentes, más atrevidos. El no era rival para ellos. La miraba con infinito disimulo, la oía, olía el perfume que desprendía su piel, su cabello, se llenaba de su sonrisa; aunque estas la mayoría de las veces tuvieran otro destinatario. Su recuerdo colmaba de contenido todos sus sueños y, cuando este sueño no llegaba, hacía interminables sus largas horas de vigilia. Ella no podía enterarse de que iba a hacerse con su coche. Nadie podía enterarse de que ese coche iba a ser suyo.
Abrió suavemente la puerta. contemplo el interior del coche como aquel que contempla el venerado interior de un templo. Un templo de cuya religión el era el único sacerdote, el único acólito. Inspiró el aire con fuerza. ¿Sería su imaginación?; no, a través del olor de la tapicería, de un ligero resto de un producto de limpieza, del olor general del coche, pudo percibir con nitidez el aroma de su perfume. La estaba respirando. No, no era que oliera simplemente su perfume, no percibía solo su aroma, sencillamente la estaba respirando. La sentía dentro de sus pulmones, dentro de si. Se deleitó en su tenue presencia, en la imperceptible invasión que ella, involuntariamente, había hecho en su cuerpo. Paso  las manos por la superficie del volante. Imaginó sus dedos cien veces; que digo cien, mil veces aferrados a ese mismo volante. Le pareció sentir sus dedos entrelazados con los suyos. Miles de átomos, de células de su piel debían de haber quedado adheridos en ese volante. Apretó los dedos hasta que se le pusieron blancos. Hasta que todos y cada uno de esos pequeños rastros de su existencia quedaron prendidos en sus manos; en su propia existencia.
Tiró hacía si del cinturón de seguridad y lo abrochó. Sintió la ligera presión de la cinta de nailon. Esa misma presión que ella había soportado tantas y tantas veces. Unidos en sensaciones parejas. Sintiendo lo que ella un día había sentido. Pensar en que ese mismo cinturón había rodeado hacía muy poco tiempo su pecho; ese busto que de forma reverencial, conscientemente no se atrevía a imaginar, y tantas veces, en estado de ensoñación, había tenido entre sus manos.
Fue acariciando todos y cada uno de los diferentes mandos, palancas e interruptores que había distribuidos por el salpicadero. En algunos se demoraba algún tiempo más que en otros. Aquellos cuyo dibujo estaba borrado por el uso atraían de manera especial su atención. Ella también se había demorado en ellos. Pensaba en que ocasión los usó, que estaría pensando cuando lo hizo, de que forma sus dedos se habían detenido un instante sobre su superficie, se habían doblado al ejercer presión sobre ellos. Unos dedos que ahora sentía sobre si mismo; enredados en su cabello, doblados sobre su mentón al acariciar su barbilla, haciendo presión en su nuca para atraer los labios hacía su boca.
Aún con el imaginario sabor de su lengua prendido en la suya, con las marcas de sus distantes dientes doliendo en sus labios y el olor de su cabello enredado en su barba, arrancó el motor del coche. Hacía ya un tiempo que había caído la noche. Condujo de forma calmada hacía el exterior de la ciudad. Haciendo de cada uno de sus gestos parte de la liturgia de esa religión de la que era el único practicante, el único iniciado. Llegó a un descampado y paró el vehículo. Tras permanecer unos minutos aún en su interior salió de él y se alejó unos metros para contemplarlo. Se dirigió al maletero y sacó un bidón y algunos otros utensilios que previamente había encargado que pusieran ahí los operarios de la grúa. Vertió con extremo cuidado la gasolina extendiendola por encima del coche. Los santos óleos de su ceremonia final. Se alejó unos pasos y lanzó un trozo de tela ardiendo que previamente había impregnado con esa misma gasolina. El coche comenzó a arder. Una bofetada de calor sacudió su rostro. Ahora, por fin, sentía esa descarga de calor, esa quemazón que había supuesto le invadiría en el primer momento en el que acarició el coche. Cerró los ojos, aspiró con fuerza el humo que llegaba hasta su nariz y sonrió.

01. 

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02.

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